Bueno, sí me gustan, pero no al punto de querer tener uno. No ahora.

Digamos que los bebés son como los corsés: hermosos cuando son ajenos pero cuando son propios un tedio.

Las redes sociales de mis contempos plagadas de imágenes del crecimiento y evolución de sus hijos no sé si son una señal de alerta o el indicio de que de algo me estoy perdiendo; sin embargo cuando me pongo a conversar con un niño o niña tengo la capacidad de hablar en su mismo dialecto, su misma jerga. No sé, llámenme idiota pero mi niña interior aflora de mis adentros y relega a la seudo adulta que pretendo ser la mayor parte del tiempo.

Tal vez en mi caso no sea el momento de tener un niño, no niego que el corazón se me vuelve de pollo cuando veo uno, pero hacia esta parte del hemisferio chraaaanqui no más, no hay apuro. Si mal no recuerdo, el Eclesiastés mismo expresaba que hay un tiempo para cosechar y un tiempo para sembrar

¿Qué si me estoy perdiendo de algo? No, la etapa de tía es la mejor de todas: aprendés de los errores ajenos, vas tomando nota y amás como nunca tu independencia emocional.

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¿Me arrepentiré de estas líneas cuando tenga mis niños propios? Quizás, y estoy perfectamente consciente de que los míos (que conste que quiero 2 nenas y un varón) me sacarán canas violetas, verdes, fucsias, e incluso arcoíris dados mis antecedentes. Sé que Violeta, Alejandro y Margarita harán que me arrepienta de divagar a este nivel – ya pensé en los nombres y todo, ¡más friki no puedo ser! – pero es lo que me nace aquí y ahora.

Chicos, cuando mamá escribió esto eran las 23:30 de un viernes 13 de diciembre del 2.013 así que mucha bola no le den, las botellitas de Heineken más bien hablaban por ella.

 

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