Recuerdo que estaba en 1º curso de la Media cuando hace casi 10 años trascendía la muerte de “Felicita Mandarina”, llamada así de forma cariñosa debido a su labor de venta de mandarinas. Estábamos en plena clase de Química no sé qué cuando el profe nos comentó detalladamente el triste suceso. Y como todo pendejo de 15 años o un poco más, feroces signos de interrogación en todas nuestras cabezas porque en ese momento nadie entendió a profundidad la relevancia de la noticia.

Diez años después, en su honor (por decirlo de alguna manera), el próximo 31 de mayo la Secretaría Nacional de la Niñez y la Adolescencia organiza una marcha en Yaguarón, ciudad de origen de la niña, bajo el emblema de la campaña “Mi voz es tu voz, denunciemos la violencia sexual”.

Me pongo no más a divagar, y creo que mediante educación sexual temprana impartida en la escuela se pudo evitar la coacción sexual y asesinato de la niña, ok? NIÑA, o sea, ¿cómo pio?, 11 años no más tenía, ¿en qué cerebro humanoide cabe ultrajar a una niña de esa edad? (Sí, ya sé, era “en el interior”, de esas cosas pues no se hablan ahí, JAPOÍNA, no debería ser una barrera la geografía).

Felicita hoy tendría 21 años y tal vez seguiría vendiendo mandarinas, o quizás con mejor horizonte laboral y académico mediante su esfuerzo. Y puede que (tal vez) ni marchas, ni Día Nacional contra el maltrato, abuso sexual y laboral de niños, niñas y adolescentes, existirían. En consecuencia, la problemática del abuso de menores se seguiría viendo como secreto a voces, como “eso pasa porque la mujer [niña en este caso] se lo buscó”, porque “seguro luego andaba de takuchila por ahí” y otros pensamientos retrógrados más que no caben mencionar.

A pesar de no haberla conocido, aún me entristece la partida de Felicita, pero de cierta forma me conmueve la iniciativa de la institución encargada de velar por el bienestar de niños y adolescentes, que tomaron su caso como bandera.

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