Muchos coinciden en que decir “te amo” es mucho más fácil que pedir perdón, o admitir responsabilidades en pifiada, personalmente creo que tanto o igual de difícil es comprometerse con uno mismo a mejorar como persona cada día. Las líneas que compartiré son más personales que profesionales, por lo que me excuso de antemano si hiero susceptibilidades.

Transcurrió ya casi un mes de mi desvinculación de una organización no gubernamental a la que en poco tiempo me permitió cosechar – apropiándome de las palabras de Joaquín Dicenta – hieles y mieles durante un par de meses.

Quiero pensar que lo único que llevo conmigo son aprendizajes, procesos de ensayo y error de acciones que en mi inexperiencia efectué pero que me propuse no volver a cometer, de actitudes de mis empleadores que no deseo imitar, para no ser como ellos – tal como la experta Paula Molinari expresó en una entrevista para un medio local.
En un soberbio y desesperado intento de autoproclamarme dueña de la razón (mejor dicho para apaciguar mi corazón) retomé mis lecturas relacionadas al lenguaje corporalinteligencia emocional laboral y liderazgo, estas fueron palabras de aliento y consuelo; porque por un lado, sirvieron para pulir mi actitud como empleada y por el otro, concluí que dentro de todo no estaba tan equivocada, yo no era la única con serios problemas de conducta.
Hubo un listado de mis ineptitudes cometidas – permítanme admitirlo – que hirió no tanto mi orgullo profesional, al igual que el personal. Un par de días antes de que se cumplan 2 meses de mi incorporación a en la ONG fui medida con las varas más desdeñosas. Aquellas palabras aún calan hondo en mí y zumban en mis oídos, porque dolieron, no por el contenido per sé, sino por la forma. Si la memoria no me falla, creo que fue Paulo Freire quien en su Pedagogía del Oprimido decía que es importante tanto la forma como el fondo de un discurso, dicho en mi cristiano, que hay que darle el mismo tenor a lo que se dice y cómo se dice. Rescato a Freire de mi baúl de recuerdos académicos porque en esa mañana de viernes lluvioso importó y mucho más la manera en que fueron dichas todas y cada una de esas palabras.
Hay cosas que ya no puedo enmendar de lo que hice o dejé de hacer en ese lugar, pero en cuanto a mi conducta sí. Hago mea culpa de tener un alma rebelde, curiosa, transgresora y reaccionaria, contestadora, y estos aspectos resaltaron en gran parte de la evaluación que les comparto. No sé si corregiré eso en mucho o poco tiempo, pero la intención está, que no les quepa la menor duda de ello.
La parte más triste es mirar atrás, y no poder evitar recordar a esos niños quienes en el lapso de minutos se fueron adueñando de partecitas de mi corazón, de quienes dadas las circunstancias no me pude despedir, pero esos breves instantes felices que me regalaron no se comparan con nada.
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