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Los conglomerados de medios de comunicación alrededor del mundo cuentan con el deber de realizar evaluaciones a nivel político y social de los primeros 100 días de gobierno de los mandatarios de turno. Y, trayendo ese ejemplo a colación, mis amigos imaginarios representados por quien suscribe, no quisieron estar ajenos de tal actividad, por lo que me pidieron que escriba algunas palabras acordes (pero aún no nos ponemos de acuerdo si apropiadas ni si rinden suficiente tributo).

En esta ocasión, queremos hablar de nuestro primer centenar de jornadas como colaboradores de un nuevo desafío profesional y personal.

Trascurrieron tres meses ya de nuestra incorporación a una familia numerosa, compleja, ecléctica, divertida y por sobre todo de la que aprendo y me desafía a diario: hablamos de Tigo Sports.

Aún no asimilamos lo rápido que pasó el tiempo. Antes de aquel 19 de enero – incluso antes, en el momento de animarnos a enviar nuestro CV y postularnos – no concebimos la idea de volver a trabajar en un medio de comunicación, mucho menos involucrarnos con el universo deportivo, porque vaya, decir que es un mundo le queda corto.

A las personas cercanas a nosotros les consta que deportistas no fuimos pero ni por error, que no nacimos con madera para ello y que si alguna vez tuvimos nuestro encuentro cercano del tercer tipo con la pelota fue en primaria, en un torneo interno de handball, y muy buena performance no tuvimos.

He aquí la prueba gráfica:

Tenía 11 años, entendeme na.

15 años atrás, entendé na. Hay otra foto de la época de facultad, pero esa, afortunadamente, forma parte del archivo del terror del Cefuc.

Ahora sí, tomo la posta previa silenciación de la asamblea para ser lo más objetiva posible y compartir la cosecha obtenida a la fecha.

Este primer trimestre me trajo:

  1. Adrenalina a flor de piel (mentira, ya nací ansiosa).
  2. Agudización de los sentidos, ningún día es igual, mucho menos rutinario.
  3. Aprendizaje en cada experiencia, respuesta, post o tuit, si querés.
  4. Una nueva concepción del trabajo en equipo.
  5. Verdadero respaldo tanto de mis colaboradores como de mis líderes, porque acá no se dice “jefe”.
  6. Confianza. Mucha. En serio. Ya pifié en ocasiones inimaginables, ya sea por ingenuidad o desinformación, pero me perdonaron, me indicaron dónde estuvo el error, y encima (otra vez hi’ári) me dan más alternativas, ideas, atajos.
  7. Una excelente oportunidad para practicar la paciencia, empatía y principalmente, aprender cuándo el silencio es necesario, esto último, lo admito, me cuesta más de todas las anteriores puesto que no puedo parar de hablar, ni comiendo.
La instantánea del primer día, en donde nos hicieron todo el recorrido, incluso en Estudios, quién como nosotros.

La instantánea del primer día, en donde nos hicieron todo el recorrido, hasta a los estudios fuimos, quién como nosotros.

Dato sincericida: de fúol sé cantar (o sabía), porque con el día a día y la ayuda invaluable de mis compañeros, una aprende, a duras penas pero aprende. De a poco voy memorizando las fechas y horarios de los cotejos, nombres y apodos de jugadores, de a poco, no me pidas mucho que apenas estoy calentando… en las bancas… como porrista digital que hace hurras a todos sus secuaces.

Aún intento descifrar cómo hacen todos estos hombres de Dios para aguantar a mis amigos imaginarios, incluyéndome, porque cuando todos queremos expresar nuestros importantísimos puntos de vista ¡atajá tu perro!

De corazón agradezco la gran oportunidad que el de arriba me está regalando, al compartir con personas que, hola, son súper diferentes a mí, disentimos en la forma de pensar y percibir la vida, pero se dio que los caminos laborales colisionaran en Avda. Boggiani y Ulrico Schmidel y en medio de esa ensalada de frutas, se formase un gran equipo al que estimo y admiro muchísimo, del que aprendo a diario, y del que *lustra sus estrellitas* orgullosamente formo parte.

¡Vamos por otros 100, 200, 500 días más! O los que Dios diga.

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